En diciembre del año 2021 un hombre que murió hace un par de meses me regaló un libro en el que escribió una dedicatoria que en una de sus líneas decía:
«Anoche conversamos sobre lo importante que es la visión en tu vida»
¡Qué responsabilidad ese reconocimiento! ¿qué le quise decir al otro? ¿qué le quise mostrar?
Es que poner el ojo y la palabra en algo particular es un exigirse ser.
Más o menos declararse perdido.
Hoy padezco el dolor de no ver el cuerpo vivo de otro y adolezco no haber visto que él se estaba yendo, ¿cómo queda mi ojo? ¿qué tan importante, verdaderamente, ha sido la visión en mi vida?
La culpa moralita siempre es el camino más fácil (aunque bastante sufrible) para evitar examinar con atención cuál es el lugar propio del conflicto.
Mi culpa hoy es la de haberme visto para otro como una persona para quien la visión es muy importante. No la culpa de haber evitado algo, no la de haber descubierto que el otro iba a morir. Pensar que yo tenía ese poder sería más culposo.
Dijo un día la psicoanalista adonde voy «¡qué ojo más afilado!» refiriéndose a alguna tendencia media inconsciente de resultar en ciertos embrollos.
El ojo siempre está apuntando a algún lado. ¿El ojo siempre dispara?
Algo tiene que morir cuando es mirado.
Ay del ojo que se fija siempre en lo mismo, que vuelve, mira de nuevo. Ojo desorbitado.
Él, hoy muerto, me regaló un libro sobre los ojos, el libro que burla mis ojos.
Aquí la primera cosa que dice:
Abrir los ojos. Abrirlos y ver como nunca antes habíamos visto
Era como haber sido ciegos o casi ciegas o haber tenido los ojos dañados sin saberlo, como haber sido nada más que un montón de manos envolviendo fruta o pescado o martillando clavos y teclas, nada más que hombros sosteniendo carteras, cargando bolsas, mochilas y muchos, demasiados pies y piernas subiendo y bajando escaleras, músculos adoloridos, espaldas magulladas, cuerpos adormilados en vagones de metro y en micros infinitas; haber sido carne molida, sangre seca, voluntades apagadas con pastillas para dormir y despertar y seguir trabajando a ojos cerrados. Hasta que un terrible dolor nos sacudió.
ABRE LOS OJOS.
Lina Meruane – Zona Ciega.
El último fin de semana que pasé con él me vio a mis ojos concentrado y dijo:
«Se ve el sol en tus ojos. Son muy oscuros, pero la luz del sol me los deja ver ahora en detalle. Ya no son negros.»
Luego nos dimos un beso largo y rico. Después comimos frijoles.
No ver lo que otro oculta siempre va a dar espacio a una recriminación.
¡Por qué no lo noté! como si el encuentro con el otro no tuviera un límite, un secreto siempre. Como si no necesitara de una luz de afuera. La cercanía además de encuentro con el cuerpo de otro es encontrarse con lo insobrepasable.
¿Y el abrazo? el abrazo es lo más real. Un cuerpo tiene la sensación del volumen del otro, ambos se estrechan y a la vez cada uno es para el otro el límite insobrepasable. Se usa la expresión, «fundirse en un abrazo», pero eso no sucede. Cuando el acontecimiento se precipita en abrazo fulgura el instante mágico de una reciprocidad, que no perdura, porque en lo no dicho del abrazo está todo lo que separa: la imposible conjunción de los goces. De ahí las infinitas desgracias del amor cuando se sueña que dos hacen uno.
Carmen González, Abrir el juego – del decir de Lacan.
Digamos que pensar en la mirada también significa contar con el punto ciego, con lo que es imposible de ver. Los intentos por acercarse al punto ciego son esenciales, ¿qué seríamos sin la procura por ver lo que no se puede ver? es decir, qué haríamos sin la esperanza, sin el impulso.
Y sin embargo, siempre hay que reconocer con respeto lo que nunca sería posible ver si no es porque el otro lo ponga a nuestra vista.
Reconoce la soberanía del otro cuerpo para que no te quedes sin ojos.
Llega un momento en el que el intento por mirar debe detenerse.
Sí.
Buscar lo que otro no muestra puede dejarnos sin ojos.
Cuando yo tenía 13 años me hospitalizaron por Dengue hemorrágico. Me picó el Aedes Aegypti mientras estaba en la Normal Superior de Villavicencio. En la época de Saludcoop me dejaron avanzar el dengue clásico hasta que ya no pude caminar, mi madre armó un escándalo y solo entonces me internaron.
En mis días profetizados por un médico costeño como Los Últimos, comenzaron a reventarse mis vasos sanguíneos, puntos rojos por todo el cuerpo, sangre saliendo de a poco, pero sobre todo: en el ojo izquierdo.
Dijo el médico susurrando a mi mamá, como para que yo no escuchara: «Señora, si usted cree en Dios, pídale que haga un milagro, porque ella ya se nos va, es imposible hacer transfusión de sangre. No podemos hacer nada más».
Mi mamá solo lloraba. Yo tenía los ojos cerrados y estaba inmóvil porque me habían dicho que no podía ni rascarme o moriría desangrada, sin embargo, me parecía un chisme todo. Yo no sentía que iba a morir, pensaba más bien que estaba viendo una escena en la que veía mi cuerpo como otro del que hablaban y lloraban pero que no correspondía al mío. Que se sentía tan vivo y obligadamente quieto.
¿Se sentirá así estar muriendo?
Sobreviví. Conmigo se quedó para siempre una mancha roja de mi ojo de 13 años reventándose. Hay personas que me conocen y me dicen «tiene una manchita en el ojo» y yo siento que es una victoria tener el ojo con la mancha porque me parece que hubiera sido triste que el ojo se me hubiera desangrado y que la profecía del médico costeño hubiera sido cierta.
Alexander me dijo ¿qué es esa manchita que tienes en el ojo? ¿un lunar? yo le conté esta historia. Y él solo me miraba mucho, muy impresionado, y me dijo «esta muchachita».
Tengo cansancio. Pero seguiré hablando de los ojos que no mueren.