Soplar sobre un objeto que no ha sido tocado nunca, es el preludio de una nueva inquietud.Poner los ojos por primera vez sobre palabras escritas por el otro es arriesgarse a algo, a algo salvaje.
A una concepción y a un parto. El cuerpo es alcanzado por la palabra, es confrontado, una vez le vemos a los ojos algo se comienza a revolcar adentro. Y entonces una nueva inquietud acompaña.
Esbozarle a las palabras un rostro, un espíritu, un cuerpo; resulta también doloroso.
El deseo de alcanzar a ver un poco lo que está detrás de las letras, que es quien las escribe, puede hacer que veamos a quien no queremos ver.
La palabra es agonía.
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