Descubrí hace días un artista, canta autor uruguayo llamado Gustavo Pena, le decían y se decía «El príncipe». Dibujaba también. Gustavo Pena apareció en un momento profundamente triste. Me parecía que me hablaba a mí. Como todo encuentro que irrumpe cuando uno todavía quiere creer que algo le puede levantar el ánimo. Como si el ánimo se pudiese levantar. Levantar el ánimo, animarse, la esperanza. Aprendimos esa línea como la línea irremediable de la tristeza…Como si tuviera objetivo y el objetivo fuera aprender algo, o sentir esperanza, o sentir que no estamos solos.
Paro la música de Gustavo Pena porque ya la encontré ahora muy pedagógica, dice una canción que sonaba animosa «consíguete alguien para ver las estreshas», etc.
Ahora suena a lo lejos motores, más cerca ranas diciendo algo así como «pui pui», grillos, chicharras que cantan constante, y graznidos de las garzas que van llegando a esta hora a los árboles a dormir. Al final, me gusta que esto pueda oírlo en esta ciudad pequeña, que acostumbramos a humillar por corrupta, sin agua constante a pesar de tantos ríos, y que «no tiene mucho para ofrecer en materia cultural». Reproche que también reproduje yo por muchos años, pero ya soy una adulta que decidió vivir acá. Ya disfruto las bondades de las seis de la tarde y envío derechos de petición cada semana para participar como es deber al ser una ciudadana.
Además una ciudad, un pueblo, no tiene que ofrecerle nada a nadie. La pregunta es nosotros qué mierdas hicimos o hacemos para echar a andar este sitio. Cada vez más infantes, cada vez menos ciudadanos. Es lo mismo. Entre más adultos infantiles menos ciudadanos somos. Una absoluta vergüenza.
Barthes en sus disertaciones, en sus frases lanzadas, en sus fragmentos, aforismos, acude a jugar otro juego en el lenguaje. Ese juego duele mucho hoy. No permite avanzar ni alcanzar algo. También diríamos que impide los cierres. No deja concluir algo que sea afín con las grandes conclusiones de nuestra actualidad. Tal vez no dejaría concluir que el amor es una lista de comportamientos coherentes.
El amor….. y la incoherencia. Yo soy fuerte y soy una frágil en lo que respecta al amor. El amor cada vez más me apaga más…. Claro que lo que me apaga es de celebrar. Me apaga la esperanza concluyente. Que significa que me apaga los cierres, las conclusiones esperanzadoras, la moral que califica todo pensamiento, todo devaneo como aprendizaje, que empuja a ubicarse, a tomar lugar, un lugar que haga algo, que sea la secuencia de otra cosa extraordinaria, el fin siempre el entusiasmo.
La hora de no entusiasmarse es una hora buena. Para qué el entusiasmo ¿Por qué? Y el amor es errático…. Es incoherente, y nos hunde junto con toda la miseria que traemos de nuestra historia de lamentos.
Sí, soy miserable. Soy muy miserable. Mi vida ha sido un continuo ardor que soporto y arrastro únicamente escribiendo.

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